Se acercaba el Día del Niño y el Día de la Madre, como ahora.

Y yo andaba terco en querer publicar la historia de una niña madre, es decir, de una chiquilla que hubiese dado a luz, siendo eso, una chiquilla.

Acudí entonces a distintas instancias, ya sabe, los DIF, los institutos de la Juventud, los albergues para madres solteras, pero me decían que no, que no se podía, que estaba prohibido por la ley, que “vulneras a la víctimas”, que quién sabe qué.

Hasta que en una olla comunitaria, ubicada por el centro, me contaron de una niña que se prostituía en la plaza Manuel Acuña, que estaba embarazada y decía que quería vender a su bebé.

Pensé que podía ser una buena nota para nuestra sección nacional o la de Mi Ciudad, pero nada más y me olvidé del asunto.

Quién me iba a decir que meses después me toparía con esa chamaquita en la misma olla comunitaria, la víspera de la Semana Mayor.

Esto fue el año pasado.

Se llama Ana, ya no estaba encinta, pero seguía taloneando en la que todos conocemos como la Plaza de los Güevones, de los Pájaros Caídos o de los Enchilados.

Era una niña de 16 años, chaparrita, blanca, más bien menuda, con el cabello teñido de rubio, un moño rojo en la cabeza y que, invariablemente, traía una paleta roja en los labios.

Una niña de 16, prostituta del centro.

La seguí durante una semana y supe su historia.

Era la clásica infanta proveniente del barrio marginado de la ciudad, de una familia disfuncional, rechazada por la madre, abandonada por el padre, menospreciada por la familia.

Una niña que había crecido en las calles, sin amor, sin afecto, sin el cariño de nadie.

Que dormía en los arroyos o en las aceras con los indigentes y era adicta al cristal y al resistol 5000.

Su historia me conmovió plenamente, me puso triste y enojado, me llenó de indignación.

¿Cómo era posible que una niña de 16 años estuviera en la calle, sirviendo de diversión a los pensionados que acuden a la Plaza Acuña para distraerse?

En el centro todos la conocían: policías, boleros, taqueros, dulceros, los fruteros del Mercado Juárez, los vendedores del Damián Carmona, todos y hasta, alguien me dijo por ahí, las autoridades de la Pronif también, pero nadie decía ni hacía nada.

Fue una de las historias que más me han llegado por su crudeza.

No era un cuento que yo me había inventado.

Existía.

Por eso cada vez que escucho en la radio o veo en la televisión a un político hablar sobre los derechos de los niños y el combate a la explotación sexual infantil en Coahuila, me da tanto coraje…  

¿Quién protege a las niñas que, lo sé de buena fuente, se siguen moviendo en la Plaza Acuña? ¿Quién?

Que alguien me explique.