Crónicas policiacas. Había leído en algunas crónicas sobre lo maloras y lo cábulas que son los reporteros de la Policiaca, pero nunca me había tocado comprobarlo.

Hasta cierta ocasión que estaba armando un reportaje sobre el trabajo de los forenses en la morgue.  

Y estando afuera del depósito de cadáveres, esperando que llegara un muerto, me avisaron de un accidente en la carretera vieja a Torreón.

Pero como sabrán, no tengo carro ni me gustaría tener, tuve que irme con el señor de la carroza de una reputada compañía fúnebre, que es la que traslada los muertos hasta el Semefo, porque ahí no hay camioneta.

Pues nada, que en la carretera nos encontramos un vehículo, era un auto compacto con los logos de TV Azteca, y dentro, como en lata de sardina, iban amontonados los reporteros de la poli.

Llegamos al lugar, que era la orilla de la autopista vieja.

Yacía el cuerpo de un campesino al que un trailero hijoeputa se llevó con todo y tractor.

El señor, que parecía más bien joven, tenía la cabeza reventada y el cuerpo magullado.

Nunca en mi vida había visto algo semejante.

Los policiacos encima de él, como buitres, haciendo sus fotografías, entrevistando a los federales y tomando notas.

Era un día nublado de octubre, recuerdo, digno de escena tan grotesca, tan patética.

Yo estaba asustado, nervioso, no hallaba qué decir entre la bola de compañeros que contemplaban el cadáver.

Hasta que, según yo por hacer plática, pregunté a un compañero que cómo se llamaba el muerto.

“¿Oye, cómo se llamaba el difunto?”.

Jamás hubiera abierto la boca.

“Pos pregúntale, güey”, me respondió el reportero y se atacó de la risa.  
“Méndigo”, pensé yo y me apresuré a responder: “Ya le pregunté, pero se quedó muy serio, parece que está enojado el señor”, el policiaco rió todavía más a mi costa.

Entonces pensé: “pero qué cábulas y qué maloras son éstos de la Policiaca que ni en los momentos más dolorosos se doblan”.

Ni hablar, están hechos para eso y más.