Yo andaba en otra cosa con unos comuneros del cerro La Gloria en Monclova y salió la plática.

Aquellos rancheros me contaban de cuando la delincuencia, los Zetas, anduvo recio por aquel municipio, extorsionando, secuestrando, torturando y matando gente.

“No, si aquí teníamos nuestra cocina”, me confió uno de los campesinos.

Su historia era muy parecida a la ocurrida en sitios como el ejido Patrocinio, Estación Claudio, Santa Elena y San Antonio de Gurza, algunos de los cementerios clandestinos que existen en Coahuila y que han sido descubiertos por el Grupo Vida.

Obviamente me sorprendió y me pregunté, ¿cuántos panteones secretos, como éstos, no habrá en Coahuila?

El mismo comunero se había topado con muertos en las profundidades de la sierra.
Recordaba haber visto a un hombre ejecutado con el tiro de gracia y a otro torturado, con las manos mutiladas, sin manos.

 

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Y seguido los habitantes de La Gloria miraban las trocas de los malandros surcando el monte a toda velocidad, como en Patrocinio, como en Claudio.

Pero quién se iba a atrever a hablarles, a preguntarles nada. Nadie.

Como en Patrocinio los campesinos de aquí también habían mirado las cocinas: los famosos tambos de 200 litros donde los Zetas cocinaban a sus víctimas.  

Pero quién se iba a atrever hablar. Nadie.

Me horroriza nomás de pensar cuántas tumbas subrepticias habrá por todo el Estado.
Desde luego que no son 10 ni 20.

Las autoridades tardarán tiempo en descubrirlas, seguro, como tardarán en sacar todos los fragmentos de restos humanos que hay en Patrocinio o en San Antonio de Gurza.

Pues que en La Gloria, me dijeron los rancheros, también habían tenido su cocina.

Y el comunero que me lo contó no lo dijo precisamente con vanagloria, sino con un cierto dejo de indignación que sonó como a presunción ironía, a sarcástica presunción.