“La esperanza no engorda, pero mantiene”, qué frase, ¿no le parece?

Sabia frase, no es una frase cualquiera.

Es una frase de colección, de antología.

Y me la dijo una ancianita campesina, cierta vez que fui a hacer un reportaje sobe la pobreza, el abandono, la marginación en que vivía.

Vive el ejido de La Rosita, en Viesca, Coahuila.

Era la frase que la señora, octogenaria, tal vez, usó para decir que sufriendo, sufriendo, pero ahí estaban los habitantes de este rancho, al pie del cañón, sin intención de migrar, de fugarse de su realidad de miseria.

La esperanza no la engordaba, no le quitaba el hambre, no de la daba de comer, pero la esperanza de la gente de estas comunidades olvidadas del Gobierno, que no de la mano de Dios, era lo único que le quedaba.

Parece una frase sencilla, sin importancia, sin trascendencia, un aforismo cualquiera, pero no lo es.

Encierra una gran filosofía, ¿no cree? Una gran sabiduría.

La sabiduría que dan los años de vivir en la sierra, en el monte feroz, infecundo, estéril, hosco.

Pero la gente no se va porque la esperanza, que no los engorda, que no los nutre ni sacia su sed, los mantiene en sus chozas, en sus labores, en sus lugares.

Sabiduría del campo.

En una época en la que la esperanza creo que es lo único que nos salva.

“No sean como esos hombres que viven sin esperanza”, dice el Evangelio.

Y una mujer campesina que a los 80 y tantos tiene esperanza, esperanza de una vida mejor, de que las cosas cambien, de que ahora sí las autoridades van a velar por su rancho, creo que es para reflexionar.

“La esperanza no engorda, pero mantiene”.

Perdón, pero se me hace una frase bellísima, inolvidable.

Alguien que en este país turbulento aún conserva la esperanza, pero es que ni a los jóvenes los he oído hablar mucho de esperanza.

No es una frase demagógica tampoco hipócrita como la del “rayito de esperanza”, ¿se acuerda?

No, ésta es la pura realidad, la verdad, el rostro cuarteado de la esperanza, pero al fin rostro de esperanza.

De esperanza… ¿Vio?